ESPN DEPORTES.– Es casi seguro que Adrián Beltré será miembro del Salón de la Fama el martes por la noche, luego de que la Asociación de Escritores de Beisbol de América revele sus boletas. Sus credenciales (3,166 hits, 477 jonrones, una línea de carrera de .286/.339/.480 y el tercer WAR más alto entre los antesalistas) lo convierten en una obviedad.

A lo largo de una carrera que abarcó tres décadas con cuatro equipos diferentes, Beltré fue cuatro veces Bat de Plata y cinco veces Guante de Oro, tan formidable en la ofensiva como dinámico en la defensiva.

Pero no son los logros los que lo definen. Es cómo llegó hasta ellos, cuánto se divirtió durante el camino y cómo nos hizo sentir cuando lo vimos. Así es como pegaba un jonrón con una rodilla y hacía jugadas desde el suelo y miraba con furia a quienes se atrevían a acariciarle la cabeza. Sus habilidades eran notables, pero su vibra era incomparable.

Lo que sigue es una mirada a la espléndida carrera de Beltré, que pronto será miembro del Salón de la Fama, a través de los ojos de cuatro de sus observadores más cercanos.
Las habilidades de Adrián Beltré en el diamante fueron siempre notables. AP

Albert Pujols: Sobre el impacto de Beltré como estrella dominicana

Albert Pujols cruzó el plato, pasó a los compañeros de St. Louis Cardinals que esperaban para abrazarlo y se lanzó directamente hacia el backstop del Dodger Stadium. Pujols acababa de convertirse en el primer dominicano miembro del club de los 700 jonrones, una lista sumamente corta sin aspirantes, y lo único que quería era compartir el momento con Adrián Beltré, el primer dominicano en alcanzar los 3,000 hits.

Lo encontró en su asiento de primera fila y chocó sus manos a través de la malla.

“Quería celebrar eso con mi compatriota, Adrián Beltré, alguien a quien respeto, alguien especial para mí”, dijo Pujols, recordando esa noche del 23 de septiembre de 2022. “No había nada realmente planeado ni nada; fue simplemente algo que salió de mí. Eso, para mí, y así es como lo veo ahora, fue como compartir con 10 millones de personas que estaban mirando en la República Dominicana. Ese pequeño momento con él, me recordó cuánto significó para nuestro país”.

Pujols había pasado la mayor parte de su carrera admirando a Beltré desde lejos. Sintió afinidad por la disposición de su paisano a jugar lastimado y admiraba su capacidad para mantener una ventaja competitiva sin tomarse a sí mismo demasiado en serio, una dualidad que a Pujols le parecía imposible. Hasta el día de hoy, Pujols se maravilla con el jonrón que Beltré le pegó a Chris Carpenter en el Juego 5 de la Serie Mundial de 2011, doblando una rodilla mientras conectaba un pitcheo rompiente y mandaba la pelota por encima de la barda del jardín izquierdo. A medida que pasaron los años, Pujols a menudo se preguntaba en voz alta cómo sería compartir el cuadro con Beltré.

Pero no eran necesariamente amigos. Al menos no cercanos. Compitieron en la misma liga (a veces, como en 2004, por el mismo trofeo de Jugador Más Valioso), y luego en la misma División. Su ambición creó una brecha que sólo se suavizó cuando sus respectivas carreras comenzaron a debilitarse. La jubilación los acercó.

“Lo que más amo de Adrián es la relación que tenemos ahora”, dijo Pujols. “Estuve con él jugando golf hace un par de semanas en la República Dominicana. Estuve con él en Dubai. Siento que hemos construido la relación durante los últimos dos o tres años, hacia el final de su carrera, hacia el final de mi carrera, y eso es algo que me encanta de nosotros”.

Pujols es uno de los dos únicos jugadores, junto con Hank Aaron, en alcanzar 700 jonrones, 2,000 carreras impulsadas y 3,000 hits. Pero Beltré ocupa un club exclusivo, entre sólo cuatro jugadores que alcanzaron 400 jonrones y 3,000 hits y al mismo tiempo acumularon al menos cinco Guantes de Oro, un testimonio de su grandeza en todos los sentidos.

Los dos son figuras míticas en la isla amante del beisbol que los vio nacer, tanto por el estrellato que alcanzaron como por la frecuencia con la que retribuyeron. Últimamente, Pujols y Beltré han participado en obras caritativas en la República Dominicana, la última de las cuales fue el torneo benéfico de golf de Beltré para desarrollar una instalación de beisbol en la ciudad dominicana de Verón.

“Lo hace desde el corazón; no lo hace sólo para poner su nombre en el periódico”, dijo Pujols. “Eso, para mí, es lo que hace realmente especial a Adrián Beltré”.

Tanto Beltré como Pujols son certeros integrantes del Salón de la Fama, pero sus trayectorias fueron drásticamente diferentes.

Pujols, que no será elegible hasta 2028, resurgió desde el principio, logrando de inmediato la que es, posiblemente, la mejor racha de 10 años en la historia del beisbol, y luego se desvaneció de manera bastante agresiva cuando tenía 30 años. A Beltré le tomó un tiempo ponerse en marcha y no formó parte de su primer Juego de Estrellas hasta la temporada en que cumplió 31 años, pero estuvo en su mejor momento durante la segunda mitad de su carrera. En cierto modo, envejeció al revés.

“Debería ser más impresionante por la forma en que lo ha hecho: al final de su carrera, hizo clic para él y aprovechó”, dijo Pujols. “Él lo reconoció y cambió las cosas”.

Albert Pujols es uno de los grandes observadores de la carrera de Adrián Beltré. Icon Sportswire vía Getty Images

Manny Mota: Sobre el ‘deseo de Beltré de ser grande’

Todo comenzó con dos sillas plegables cerca de una jaula de bateo escondida en las entrañas del Dodger Stadium y entornos similares en otros estadios de las Grandes Ligas de todo el país. Aquí es donde Manny Mota y Adrián Beltré pasaron la mayor parte de sus tardes a finales de los 90 y principios de los 2000, hablando sobre el trabajo que tenían por delante antes de que llegaran la mayoría de los otros Ángeles Dodgers.

“Hablamos como dos amigos”, dijo Mota, el bateador emergente leyenda de los Dodgers, quien luego pasó cuatro décadas ayudando a su staff de coaches. “No como instructor y jugador, sino como dos amigos que comparten lo que íbamos a intentar hacer, con la misma idea, con el mismo propósito”.

Mota se enteró de Beltré poco después de que los Dodgers lo contrataran cuando tenía 15 años, procedente de República Dominicana, en 1994 (cuando había falsificado famosa e ilegalmente su fecha de nacimiento). Vio a Beltré ser protagonista n la academia dominicana de la organización, en verano de 1995, y quedó impresionado por su fuerza y rapidez. Cuando Beltré y otros jugadores destacados de Ligas Menores de los Dodgers fueron invitados a entrenar con los jugadores de las Grandes Ligas en los entrenamientos de primavera del año siguiente, el fallecido manager Tommy Lasorda puso a Mota a cargo de él. Y cuando Beltré llegó a las Mayores a los 19 años, en 1998, se convirtió en el proyecto más importante de Mota.

Se volvieron casi inseparables, su relación se parecía a la de un padre y un hijo, y fueron esas conversaciones de la tarde, dijo Mota, las que marcaron la pauta.

Por lo general, se centraban en lo positivo.

“Ésa era mi responsabilidad como entrenador: no dejarlo caer”, dijo, en español, Mota, ahora de 85 años. “Fue para animarlo. Porque estamos aquí para infundir confianza, no para destruirla”.

Beltré superó rápidamente los niveles inferiores del sistema de Ligas Menores de los Dodgers a los 17 y 18 años y se convirtió fácilmente en el jugador más joven del deporte cuando fue llamado al equipo grande a finales de junio de 1998. Se había saltado completamente Triple-A, acumulando menos de 300 apariciones al plato por encima del nivel Clase A, y su inexperiencia era notable. Beltré bateó .215 como novato, luego fue básicamente un bateador promedio de la liga en las cuatro temporadas completas que siguieron. Su defensa era de élite, sus herramientas ofensivas eran obvias, pero la consistencia se le escapaba.

Mota siguió siendo su más firme defensor. Durante mucho tiempo se había convencido de que los jugadores latinoamericanos necesitaban más experiencia que los que ingresaban al beisbol a nivel nacional debido a la disparidad de recursos, y por eso continuamente predicaba la paciencia a los que estaban por encima de él. En Beltré, notó una positividad implacable en medio de la lucha.

“Lo manejó admirablemente”, dijo Mota. “Lo manejó de una manera excelente porque reconoció que estaba en el nivel al que pertenecía y que sólo necesitaba hacer los ajustes necesarios para tener éxito. Eso es de lo que finalmente se dio cuenta. Sabía que era un proceso. No fue fácil. Iba a tener sus días buenos y sus días malos, pero iba a seguir aprendiendo”.

Todo se arregló de repente en 2004, en el período previo a la agencia libre. Beltré conectó 48 jonrones, líder en las Grandes Ligas, compiló 121 carreras impulsadas, compiló .334/.388/.629 y acumuló 9.7 fWAR, todavía la mayor cantidad para un jugador de posición de los Dodgers. Su OPS, 1.017, fue 269 puntos más alto que el promedio de su carrera. De no haber sido por Barry Bonds, habría ganado el premio MVP de la Liga Nacional.

Ese año, casi dos tercios de los jonrones de Beltré fueron bateados a los jardines central y derecho, producto de un enfoque paciente y refinado para batear a banda contraria del nuevo coach de bateo Tim Wallach, lo que él y Mota habían comenzado a perfeccionar años antes en el backfield del complejo de los Dodgers en Vero Beach, Florida.

“Su deseo de ser grande, eso, más que cualquier otra cosa, es lo que más me impresionó”, dijo Mota. “Él siempre estaba listo para trabajar, recibir instrucciones y aplicarlar. Era muy positivo. Y siempre te daba lo mejor que tenía”.

Elvis Andrus: Sobre la alegría contagiosa de Beltré

En Seattle, fue Félix Hernández. En Boston, fueron Marco Scutaro y Víctor Martínez. Y así, en la primavera de 2011, Elvis Andrus, de 22 años, se dirigió a Adrián Beltré, quien pronto cumpliría 32, y le transmitió una noticia difícil: tiene que ser otro venezolano el que te toque la cabeza en Texas, le dijo, y esa persona seré yo.

“No le gustó mucho, porque odia que la gente le toque la cabeza”, dijo Andrus en español. “Pero como le dije, ‘la única forma en que me gusta que alguien me golpee es cuando conectas un jonrón, así que seguiré haciéndolo y seguiré molestando para que sigas conectando jonrones’”.

El currículum de Beltré en el Salón de la Fama se basó en sus proezas, pero su esencia estaba marcada por la espontaneidad y la hilaridad de sus travesuras, por las formas únicas en las que emanaba alegría. Como cuando esquivó un baño líquido con una escoba. O cuando corrió hacia el montículo del lanzador durante una carrera. O cuando detuvo su paso como un personaje de Looney Tunes. O cuando empujó a José Altuve fuera de la tercera base. O como cuando bailó burlonamente con Andrelton Simmons o le gritó a Hernández camino a primera. O arrastró el círculo de espera antes de un turno al bat, provocando una de las expulsiones más ridículas de los últimos tiempos.

La capacidad de Beltré para irradiar simpleza y tenacidad al mismo tiempo lo hacía diferente a cualquier otro antes que él. Fue su regalo para el deporte, y Andrus, su compañero en el shortstop durante sus ocho años con los Texas Rangers, a menudo lo retó con esos innumerables intentos de acariciarle la parte superior de la cabeza.

Beltré hacía swings juguetonamente cuando Andrus tocaba su corona mientras chocaba los cinco con sus compañeros de equipo en el dugout, pero se enojaba legítimamente (a veces se enfurecía) cuando sucedía dentro de la santidad del clubhouse. Pero las molestias de Andrus no conocían límites. Una vez, encontró un hueco en medio de una reunión en el montículo de lanzadores y Beltré reaccionó lanzando su guante como un jugador de Ligas Pequeñas.

“Estábamos en Seattle”, recordó Andrus. “Estábamos jugando y yo lo estaba molestando porque ese día teníamos un tiempo fuera e hicimos lo que siempre hacíamos, bromear, molestarnos unos a otros. Atrapé la pelota y él me dijo: ‘No estés jod…, deja mis elevados en paz, son mías.’ Y le dije: ‘Oye, soy el campocorto. Estoy a cargo aquí’. Luego cuando estaban cambiando de lanzador y me dijo ‘ya veremos el próximo’, le toqué la cabeza con mi guante y comencé a correr, pensé que no haría nada porque estamos en medio. Lo último que imaginé fue que tiraría su guante. Luego vi la repetición y me morí de la risa”.

La permanencia de Beltré como compañero de cuadro de Andrus se produjo después de cinco años de letargo ofensiva en Seattle. Algunos de los que lo conocen bien creen que la presión de cumplir con un contrato de $64 millones (firmado después de su espectacular temporada de 2004) en un nuevo lugar lo afectó, al menos, inicialmente. Muchos otros señalaron la dificultad de ser un bateador derecho dentro del T-Mobile Park en ese momento, antes de que las vallas se movieran.

Beltré firmó un contrato de un año con los Boston Red Sox en enero de 2010, un desarrollo que introdujo el término ‘pillow contract’ en nuestro léxico, y terminó dentro del Top 10 en la votación de MVP, convirtiendo una temporada dominante en un acuerdo de seis años y $96 millones con los Rangers.

Los Rangers hicieron el trato esperando el típico regreso de un bateador de poder de unos 30 años. Lo que obtuvieron en cambio fue un renacimiento. Durante un período de seis años, de 2011 a 2016, Beltré bateó .308/.358/.516, mientras acumulaba 167 jonrones, 563 carreras impulsadas y 32.4 fWAR, la séptima mayor cantidad en las Mayores. Logró tres convocatorias al Juego de Estrellas, ganó dos Bat de Plata y acumuló tres Guantes de Oro para equipos de los Rangers que compitieron consistentemente por campeonatos, estableciéndose como uno de los mejores tercera base en la historia del beisbol.

Muchos creen que el medio ambiente le ayudó a prosperar. Y Andrus fue una fuerza impulsadora. Los dos tuvieron casilleros vecinos en su primer entrenamiento de primavera juntos y se llevaron bien de inmediato. Beltré asumió el papel de hermano mayor, y Andrus le da el crédito a Beltré más que a nadie por ayudarlo a crecer. Algunos de los amigos cercanos de Beltré señalan un aspecto revelador de su dinámica: Andrus, un niño cuando se conocieron, tenía la confianza para meterse con un veterano consumado como Beltré tan a menudo como quería. Para ellos, habla del tipo de compañero de equipo que era Beltré.

“Mucha gente le tenía miedo a Adrián”, dijo Andrus. “Nunca lo entendí porque él era el tipo de persona que, si hacías las cosas correctamente y jugabas duro y jugabas para ganar, nunca iba a tener problemas contigo. Nunca lo vi tener problema con nadie que hiciera las cosas bien y saliera al campo a dar el corazón todos los días para ganar. Eso es lo único que nos pidió como compañeros. Y no solo que pidió que lo hiciéramos, fue lo que él nos dio”.

La vibra de Beltré sobre el terreno de juego fue contagiosa e inconfundible. AP

Jon Daniels: Sobre la legendaria tolerancia al dolor de Beltré

Eran mediados de junio de 2015, tres semanas después del último paso de Adrián Beltré en la lista de lesionados. Tenía un ligamento desgarrado en el pulgar izquierdo, que se trabó mientras se deslizaba hacia la segunda base la última noche de mayo. Un especialista en manos se reunió con Beltré; su agente, Scott Boras, y el personal médico de los Rangers en Anaheim, California, para informarle que la cirugía era el único camino hacia la mejoría. Todos menos Beltré estuvieron de acuerdo.

“¿Puede empeorar?”, preguntó Beltré.

Beltré ya había recibido una inyección de cortisona que no hizo efecto. El dolor era insoportable. Una vez más le dijeron que la única opción que le quedaba era una cirugía invasiva. Beltré siguió presionando.

“Pero no puede empeorar, ¿verdad?”

Jon Daniels, jefe de operaciones de beisbol de los Rangers en ese momento, estaba desconcertado, pero no sorprendido. Para entonces, Daniels había pasado cuatro años junto a Beltré y a menudo le sorprendía su disposición para jugar lastimado. Sabía hacia dónde iba esto. A Beltré le dijeron que no, que su pulgar no podía empeorar más de lo que ya estaba.

“Está bien”, dijo Beltré, “jugaré hasta el final”.

“El resto de nosotros en la sala dijimos: ‘¿Hablas en serio?’”, recordó Daniels. “Es decir, creo que estaba teniendo problemas para realizar las funciones básicas del día a día”.

Uno de los dos ejemplos más vívidos de la legendaria tolerancia de Beltré al dolor ocurrió en 2001, cuando la explosión e infección del apéndice le hizo perder 34 libras y lo obligó a llegar al entrenamiento de primavera con un canal intravenoso en el brazo y una bolsa de colostomía al interior de sus pantalones. Jugó de todos modos.

El otro ocurrió en 2009, cuando uno de sus testículos se hinchó al tamaño de una toronja como consecuencia de un rodado en la novena entrada que saltó y lo golpeó. Beltré conectó un sencillo y anotó la carrera ganadora cinco entradas después, se perdió los siguientes 18 juegos, regresó y todavía se negó a usar un suspensorio.

Pero Daniels, ahora asesor principal de los Tampa Bay Rays, puede recitar un puñado de otros casos, igualmente impresionantes, a partir de su experiencia personal. Como cuando Beltré pasó una noche en el hospital con una obstrucción intestinal en 2012. O cuando regresó de una distensión en el tendón de la corva dos veces más rápido, incluso, que las proyecciones más optimistas en 2017. O cuando tuvo un OPS de .836 mientras jugaba con un pulgar lastimado durante los últimos tres meses de la mencionada temporada 2015, empujando a los Rangers a los playoffs.

La siguiente postemporada comenzó con una llamada telefónica del entrenador deportivo de los Rangers, Kevin Harmon. Beltré, le dijo Harmon a Daniels, se había torcido la espalda y apenas podía moverse. Estaba buscando estar en el Juego 1 de la Serie Divisional de la Liga Americana, pero Harmon no creía que fuera posible.

Beltré fue considerado en la posición número 3 del lineup, pero apenas podía rotar sus caderas o balancear su bat mientras intentaba aflojar sus músculos en el círculo de espera. Obtuvo una base por bolas tras cuatro lanzamientos en la parte alta de la primera, luego intentó jugar a la defensiva durante dos entradas. Cuando volvió a batear en el tercero, conectó un sinker de David Price, en cuenta de 0-1, para un sencillo productor con dos outs.

Si el jardinero central de los Toronto Blue Jays, Kevin Pillar, hubiera notado lo lento que Beltré avanzaba por la línea, dijo Daniels, podría haberlo puesto out en primera base. Beltré fue sustituido durante la siguiente entrada y se perdió los siguientes dos compromisos, pero regresó para el Juego 4.

“Había un poco de miedo razonable por Adrián en toda la organización”, dijo Daniels. “Recuerdo el par de veces que este hombre resultó herido y tuvo que ir a la lista de lesionados y dijiste: ‘Está bien, ¿quién se lo va a decir?’. Fue un tanto gracioso. Si aceptaba ir a la lista de lesionados, sabías que era malo. Porque normalmente decía: ‘No,hombre, estaré bien’. Quiero decir, literalmente, salía de mi oficina diciendo: ‘No, no voy a continuar. Nos vemos luego’. Y dices: ‘Pensé que era el tipo a cargo aquí’”.

Beltré adquirió tal hábito en superar las lesiones que se convirtió en un maestro. En cierto modo, las lesiones podrían haberlo mejorado. Beltré pasó los últimos cinco meses de su destacada temporada de 2004 jugando con dos espolones óseos en uno de sus tobillos, un desarrollo que algunos creen podría haberlo obligado a ser más paciente y hacer un mejor uso de sus manos en la caja de bateo.
La fuerza de élite de su brazo le permitió realizar lanzamientos difíciles sin trabajar demasiado la mitad inferior del cuerpo, una bendición dada la variedad de problemas en las piernas que lo atormentaban. Al principio, cuando los errores de lanzamiento eran un problema, tener menos movilidad en las piernas en realidad ayudó a su precisión.

Beltré jugó en 2,933 partidos de temporada regular en una carrera que abarcó 21 años, la decimoquinta cifra más alta en las Grande Ligas.

Se abrió camino a través de una cantidad excesiva de ellos.

“Creo que fue esta mezcla de competitividad, orgullo y responsabilidad”, dijo Daniels. “Fue como decir, ‘si puedo ir, lo haré. Quiero estar ahí para mis compañeros de equipo. Quiero ganar’. Todas las razones correctas. Él nunca expresó eso, así que no quiero poner palabras en su boca. Pero ésa fue siempre mi sensación”.